PRENTICE
MULFORD Y SU OBRA
©Ramón Pomés
Absolutamente
nuevo, o poco menos, para los lectores de habla española ha de ser el nombre de
Prentice Mulford, el autor de este libro extraordinario y de otros que le han
de seguir, tan extraordinarios o más todavía. Por esto creo conveniente dar
aquí, una breve noticia de su autor, para lo cual me he de servir principalmente
de lo que se ha escrito sobre él en su propio país, sobre todo mientras
aguardamos que en el volumen segundo de estas sus Obras completas él mismo nos
cuente, en emocionado estilo, su propia vida y por qué transcendentales caminos
llegó al estado de espíritu en que escribió esta larga serie de estudios, en
que hallamos una visión tan profunda de la vida humana y una tan sugestiva
clarividencia de la vida futura.
Uno de sus biógrafos ha dicho con plena justicia que el cerebro y la
pluma de Mulford jamás estuvieron en reposo. En efecto, desde muy joven entró
nuestro autor en las lides periodísticas y en ellas formó su batallador
temperamento, tratando a los hombres y llegando a conocerlos tan completa y
profundamente como no son muchos en verdad los que puedan alabarse de haber
llegado tan adentro en el corazón humano. Prentice Mulford nació el 5 de abril
de 1834 en Sag Harbor, Long-Island, Estado de Nueva York, y murió el 27 de mayo
de 1891 en circunstancias un tanto extraordinarias, pues fue hallado exánime su
cuerpo a borde de un pequeño barquichuelo en el cual hacía ya algún tiempo que vivía.
El barco estaba anchado en la había de Sheephead, Long-Island, y al parecer
disponíase a hacer rumbo a su pueblo natal. A bordo de la pequeña
embarcación fue hallado todo en el mayor orden. Prentice estaba tendido
en el lecho y su rostro tenía una expresión de inmensa serenidad, sin el menor
signo de que hubiese sufrido el más pequeño dolor o angustia, lo cual ha hecho
exclamar a otro de sus más entusiastas biógrafos: «Si Prentice Mulford hubiese
elegido por sí mismo la manera de morir, seguramente moriría como ha muerto».
Pocos días después escribía Robeto Ferral, uno de sus mejores amigos: «Prentice
era un hombre todo pensamiento, un pensador, uno de los pocos pensadores que se
han negado a tomar de segunda mano ideas sobre la vida y la muerte; prefirió
investigar por sí mismo y no respetó creencia ni dogma consagrados únicamente
en razón de su edad, ni rechazó ninguna doctrina solo porque fuese objeto de
burla o llevase la marca del ridículo.
Mulford creyó que nuestra vida actual no es más que una corta jornada que
estamos obligados a hacer repetida algunas veces, para llegar a un más elevado
y más completo desenvolvimiento de nuestra personalidad. Prentice se formó una
filosofía y una religión propiamente suyas, que fueron desenvolviéndose a
través de los tiempos de una manera asaz inesperada para él mismo. Creyó que el
poder mental es un factor predominante en la acción humana, y esto le hizo
exclamar, con Bulwer: “La muerte no
existe, —diciendo más tarde con el mismo Shakespeare—: La vida no es más que el
paso de una sombra”. Tranquilamente, sin temor alguno, quiso leer en el
misterio que se extiende más allá de la tumba. La muerte jamás lo intimidó. Del
mismo modo que el humilde gusano abandona un día el fango y la fealdad de la
tierra, para volar a otras elevadas esferas y habitar en el espacio y entre el
perfume de las flores, de igual manera ha dicho Prentice Mulford que se efectuará
en el hombre el último gran cambio, pasando a través de la muerte a más
elevadas regiones para gozar en los cielos de una vida feliz y eterna».
Tal es la idea fundamental de la filosofía de Mulford, que repetidamente expone
en las más variadas formas en el decurso de sus escritos, idea que ilumina cada
vez con nuevas luces y con más poderosos reflejos de su privilegiada inteligencia.
Así dice muy acertadamente Elisa Archard, comentando su obra: «En el hombre
interior, en el espíritu de cada uno de nosotros, está ya formado, construido
como quien dice, lo que después ha de ser expresado por el cuerpo.
Nuestro cuerpo, su belleza o su deformidad, su enfermedad o su salud, no
son realmente más que la expresión exterior de una belleza o deformidad
interiores, de una enfermedad o de una salud interior también. Somos siempre
aquello mismo que pensamos. Pensemos en la salud, en la alegría, en la
prosperidad, en la benevolencia para con todos los hombres, y vendrán a
nosotros, llenando nuestra vida, la salud, la alegría, la prosperidad y la benevolencia
en que piensen aquellos que a nosotros nos rodean. —En otro pasaje de su
estudio, dice la propia escritora—: En su vida espiritual, lo mismo que en su
física ascensión, la humanidad se encuentra todavía en los peldaños más bajos
de las escaleras».
Esto es lo que Prentice Mulford repite muchas veces en sus obras, deduciendo
de esto mismo la necesidad de que nos enfoquemos en la provechosa y agradable
tarea de procurar nuestro adelantamiento individual y colectivo, demostrándonos
con su firme y claro razonar que son llegados precisamente los tiempos en que
el hombre pueda empezar a leer con alguna mayor claridad en el misterio que se
extiende más allá de lo que, en nuestro oscuro y atrasado lenguaje, hemos
llamado la Muerte. Es esta, indudablemente, la más transcendental enseñanza que
se desprende de las obras de Prentice Mulford, las cuales he procurado traducir
de su lengua original con la mayor fidelidad, sacrificando no pocas veces la
pureza y corrección del lenguaje castellano al deseo de no mutilar lo que puede
llamarse el desenvolvimiento natural de la idea.
En otras ocasiones también dejé vagamente expresados ciertos
pensamientos, pues me pareció imperdonable pecado precisar y concretar lo que
en el texto original estaba impreciso e inconcreto, forma que dice muchas veces
bastante más que la forma mejor determinada… Y ahora me atrevo a da un buen
consejo al lector que ha llegado hasta aquí, y es que, sin dejarlo un punto de
la mano, se entregue a la lectura de este libro.